-¡Contesta sin mentir, perro inútil!- repitió Sorel-. ¿De qué conoces tú a la señora de Rênal? ¿Dónde la has visto? ¿Cuándo has hablado con ella?
-Nunca hablé con ella- contestó Julián-, y en cuanto a conocerla, sólo en la iglesia la he visto alguna vez.
-¡Pero la has mirado, villano desvergonzado!
-¡Jamás! Sabe usted que en la iglesia no veo más que a Dios- replicó el joven con cierto aire de hipocresía, muy conveniente, a su juicio, para alejar la tormenta de palos que temía que descargase sobre su desmedrado cuerpo.
-¡Algo hay que no veo claro... aunque ya sé que no me lo dirás, maldito hipócrita! De todas suertes, voy a verme libre de tu inutilidad, con lo que saldremos ganando la serrería y yo. Si no has mirado a esa mujer, habrás conquistado al cura o a otra persona, que te han buscado una colocación que no mereces. Vete a hacer tu hatillo, que he de llevarte a la casa del señor Rênal, de cuyos hijos has de ser preceptor.
-¿Qué me darán por serlo?
-Mesa, ropa y trescientos francos de salario.
-No quiero ser criado.
-¿Quién te dice que serás criado de nadie, animal? ¿Crees que yo iba a consentir que un hijo mío, por perro que sea, fuese criado de nadie?
-Pero, ¿Con quién comeré?
Stendhal, "Rojo y Negro", capitulo V.
